Cuando hablamos de literatura antigua clásica, casi siempre nos referimos —ante todo— a la literatura griega. No porque otras civilizaciones no hayan producido textos fundamentales, sino porque en Grecia se fijaron muchas de las formas, temas y preguntas que aún hoy seguimos leyendo y reescribiendo.
Dentro de esta tradición aparece uno de los géneros más antiguos: la literatura épica, vinculada a los dioses, los héroes y las grandes gestas. Relatos donde lo humano y lo divino se entrelazan, donde el honor, la guerra, el destino y la fragilidad del hombre ocupan el centro del escenario.
El nombre que inevitablemente surge aquí es Homero, a quien se le atribuyen dos obras fundamentales: La Ilíada y La Odisea.
Un poco de contexto histórico
Aunque la escritura ya existía en la Grecia antigua, la mayoría de las personas no sabía leer ni escribir, y los textos eran escasos y difíciles de acceder. Por eso, las historias no nacieron para ser leídas en silencio, sino para ser escuchadas. Eran relatos transmitidos de memoria, de generación en generación.
Los rapsodas eran poetas y recitadores itinerantes. No escribían necesariamente los poemas que recitaban, sino que los memorizaban y los transmitían en plazas, festivales y reuniones públicas. En cierto modo, eran narradores, intérpretes y guardianes de la memoria colectiva. Gracias a ellos, estos relatos sobrevivieron durante siglos antes de ser fijados por escrito.
Probablemente, en griego antiguo, estos versos fluían con una musicalidad que hoy se pierde —o al menos se transforma— cuando los leemos en español.
Una experiencia personal de lectura
Recuerdo que en el colegio nos hicieron leer La Ilíada. Y recuerdo también que, por supuesto, no me gustó.
No porque el texto fuera pobre —todo lo contrario— sino porque llegó demasiado pronto. Sin contexto, sin pausas, sin la posibilidad de leerlo como lo que es: un relato nacido para ser oído.
El inicio de La Ilíada
Así comienza este poema que ha atravesado casi tres mil años de historia.
Texto en griego antiguo:

Traducción al español:
Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles,
funesta, que causó incontables males a los aqueos,
y precipitó al Hades muchas almas valerosas
de héroes…
Leído en voz alta, el inicio de La Ilíada suena así: Méenin áeide, theá, Peléiadeo Akhiléos, uloménen, ee mirí Akhaíois álgue étheke, pollás d iftímus psikhás Áidi proíapsen eeróon… El griego antiguo tiene un ritmo marcado. Las vocales se alargan, las pausas aparecen de forma natural y la repetición de sonidos facilita la memoria. No es difícil imaginar a un rapsoda recitando estos versos en una plaza, con la voz elevándose al nombrar la ira —mênis—, la palabra con la que comienza todo el poema.
Empieza con la ira. No con la gloria ni con la victoria, sino con una emoción profundamente humana y con las consecuencias que esta desata.
Tal vez por eso La Ilíada no se deja leer con prisa. Tal vez por eso necesita tiempo, distancia y otra edad para revelarse.
Los libros se llaman clásicos porque, como decía Italo Calvino, son aquellos libros con los que, de alguna manera, ya nos hemos cruzado, incluso sin haberlos leído, y que nunca terminan de decir todo lo que tienen que decir.
Por eso no es extraño que reconozcamos La Ilíada o La Odisea sin haberlas leído. Tal vez las vimos en una película, pero también en lugares mucho más cotidianos. Los Simpson han parodiado la guerra de Troya, a Aquiles, a Ulises y el largo viaje de regreso a casa en más de un episodio. El héroe que tarda años en volver, la guerra que comienza por una ofensa, la astucia como forma de supervivencia… todo eso nos resulta familiar porque lo hemos visto una y otra vez, incluso en clave de humor.
Los clásicos hacen eso: se infiltran. Aparecen donde menos los esperamos y, cuando finalmente abrimos el libro, sentimos algo extraño pero reconocible. No estamos descubriendo una historia nueva, sino reencontrándonos con una que, de algún modo, ya habitaba en nosotros.
Si La Ilíada es la ira y la guerra, La Odisea es la espera y el regreso.
Volver a La Odisea
Después de muchos, muchos años, estoy tratando de leer La Odisea.
Vale la pena leer los clásicos, lo sé. Pero no siempre es fácil. La versión que encontré tiene más de cuatrocientas páginas, escritas de esa manera densa y continua que exige tiempo, concentración y una paciencia que hoy no siempre tengo. Misión imposible.
Tal vez cantadas, como en la antigüedad, estas historias serían perfectas para mí. Tal vez escuchadas, con ritmo y pausas, como las oían quienes las recibieron por primera vez. Pero leídas así, página tras página, sé que no lo voy a lograr.
Entonces encontré otra puerta de entrada: una versión de La Odisea pensada para todas las edades, publicada por WeebleBooks, en la adaptación de García Herrera. Y me quedé con esa versión.

Y como mi objetivo en este recorrido es divertirme, escogí la forma más práctica de conocer toda la historia, adaptada para acercar cada vez a más generaciones a los clásicos.
Reseñas de La Odisea debe haber muchísimas. Es un libro con más de tres mil años de historia. Por eso, más que resumirlo o analizarlo, prefiero contar mi impresión al leer sus historias. Habla de valores como el amor, la fidelidad, la constancia, la fuerza y la valentía.
La Odisea cuenta la travesía de Odiseo para volver a Ítaca después de la guerra de Troya, guiado por la protección de Atenea y obstaculizado por la furia de Poseidón, en un mundo donde los dioses intervienen sin pudor en el destino humano.
Si se mira más allá del relato —en un entorno politeísta donde los dioses eligen favoritos y la muerte aparece con naturalidad, a menudo devorando a los personajes— esta versión de La Odisea resulta un libro muy entretenido, capaz de atraparte y sostener la lectura sin esfuerzo.

Tal vez leer los clásicos no sea dominarlos ni leerlos como “debería ser”, sino encontrar la forma en que nos dejen entrar.




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