Una reflexión sobre los amores breves que tardan mucho en convertirse en recuerdo.
Hay amores que duran poco tiempo, pero dejan una huella que tarda mucho en aprender a ser solo un recuerdo.
Las palabras se quedan cortas para expresar lo que sentí.
No son suficientes. Para entenderlo habría que ver el brillo de mis ojos cuando hablaba de él, o esa sonrisa que siempre me delataba.
Su ausencia ha dejado un vacío tan grande que ni yo misma sé explicar, mucho menos entender.
Si lo intento pensar con lógica, no encuentro explicación. A veces hasta parece que hubiera inventado una historia.
Una historia tan real y tan bonita que todavía duele su ausencia.
Hoy llevo más tiempo intentando olvidarlo que el tiempo que duró el sueño.
Fue muy corto.
Ahora, con la distancia que existe entre los dos, todo empieza a convertirse poco a poco en un recuerdo.
Cuando, sin razón aparente, aparece una lágrima, a veces me reprocho.
Pero rápidamente entiendo que lo que sentí no fue una elección.
Enamorarme fue inevitable.
Amarlo fue una decisión.
Pero dejar de hacerlo…
es una imposición.
Todos los días me pregunto: ¿cuánto tiempo toma olvidar un sueño?
Sé que algún día va a pasar. Que llegará un momento en el que ya no será la primera persona en la que piense al despertar, ni la última a la que, en silencio, le digo buenas noches.
Sé que cada día dolerá un poco menos su ausencia, hasta que llegue el momento en que deje de notarla.
Tal vez este amor nunca estuvo destinado a quedarse. Tal vez solo vino a enseñarme cuánto podía volver a sentir.
Y hoy duele… pero mañana, cuando el amor se convierta en recuerdo, volveré a sonreír.
Este texto forma parte de la sección Pensamientos y reflexiones, y de esa etapa de la vida en la que no queda más opción que aprender a dejar ir.




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