A veces la razón avanza… mientras el corazón todavía aprende a despedirse.

—Ya lo sabes —dijo el cerebro—. No hay nada más que hacer.
—Lo sé —respondió el corazón—, pero no puedo ir tan rápido como tú.

El cerebro suspiró. Estaba cansado de repetir argumentos, de enumerar razones, de señalar evidencias como si fueran señales luminosas en una carretera vacía.
—Entenderlo no debería doler tanto —añadió—. Todo está claro.

El corazón guardó silencio un momento. Latía despacio, como si cada golpe necesitara permiso.

—Que esté claro no significa que esté resuelto —dijo al fin—. Yo todavía estoy despidiéndome.

—Pero ya aceptaste la realidad.
—La acepté —asintió el corazón—. No la he sanado.

El cerebro caminaba siempre unos pasos adelante. Ya había hecho planes, ya había cerrado puertas, ya había archivado recuerdos con etiquetas ordenadas.
—No podemos quedarnos aquí —insistió—. Hay que seguir.

—Lo haremos —respondió el corazón—. Solo no me empujes. No soy lento por terquedad, soy lento porque sentí de verdad.

El cerebro se detuvo. Por primera vez, no para explicar, sino para escuchar.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—No lo sé —contestó el corazón—. Pero prometo alcanzarte.

Y entonces caminaron juntos.
No al mismo ritmo,
pero sí en la misma dirección.

Abril

📖 Esta entrada forma parte de la mini-serie Cerebro & Corazón
🧠💙 Entrada 1 de 4 — donde la razón y la emoción dialogan después de amar, perder y volver a escucharse.

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