El corazón tuvo que parar.
No porque no quisiera seguir,
sino porque estaba cansado.
El esfuerzo había sido demasiado.
El cerebro, que iba unos pasos más adelante, se detuvo.
Miró atrás.
Regresó.
Y se sentó a su lado.
—Ya lo entendiste —dijo entonces—.
No pudo quedarse. No quiso sostener lo pequeño.
No supo cuidar lo cotidiano.
Eso es real.
—Lo sé —respondió el corazón—.
Lo sé desde hace días. Desde el silencio. Desde los gestos que no llegaron.
Lo sentí antes de que tú lo supieras.
—Entonces deberías soltar.
—No es tan simple —contestó—.
Entender no apaga lo que fue verdadero.
El afecto no se desconecta cuando la razón hace clic.
El cerebro suspiró, cansado de repetir evidencias.
—No hubo engaño. Hubo límite.
Y los límites también duelen.
—Duelen —asintió el corazón—.
Pero no borran.
Yo no sigo esperando promesas, sigo recordando presencias.
No deseo lo que no puede darme…
y aun así, siento.
El cerebro guardó silencio.
—Eso duele —dijo al fin.
—Sí —respondió el corazón—.
Pero negarlo dolería más.
Pasó un momento antes de que el cerebro volviera a hablar.
Su voz ya no iba delante.
—Hace unos meses tú corrías —dijo—
y yo intentaba alcanzarte.
Temía mirar las señales.
Llegué tarde a la realidad…
porque la razón da tiempo, espera, acompaña,
pero también busca explicaciones.
Y a veces no hay explicación:
solo no es.
El corazón no respondió.
No hacía falta.
—Ahora entiendo —continuó el cerebro—.
Tú lo sentiste primero.
Y se quedaron ahí.
No para avanzar.
No para retroceder.
Solo para descansar juntos.
Abril
📖 Esta entrada forma parte de la mini-serie Cerebro & Corazón
🧠💙 Entrada 2 de 4 — donde la razón y la emoción dialogan después de amar, perder y volver a escucharse.
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