Primero se escucha un ruido extraño.
Madera.
Cuerdas.
Algo que avanza lentamente en medio de la oscuridad.
Chiqui, chiqui, chiquicha…
Después comienzan los rezos.
Y si miras hacia el camino, quizá puedas distinguir varias figuras avanzando entre las sombras.
Cargan una especie de camilla cubierta por una sábana blanca.
Eso es un guando: una estructura hecha con tablas o guadua que antiguamente se utilizaba para transportar a los muertos.
Pero este no es un entierro cualquiera.
Porque quienes lo cargan llevan mucho tiempo caminando.
Y desde algún lugar de la procesión puede escucharse una voz:
—Meta el hombro, compañero…


Cuenta la leyenda que todo comenzó con un hombre avaro, malhumorado y poco dispuesto a ayudar a los demás.
Cuando algún vecino moría y su familia necesitaba ayuda para transportar el cuerpo hasta el lugar de entierro, él siempre se negaba.
Decía que no tenía obligación con nadie.
Y aseguraba que, cuando llegara su propia muerte, podían arrojarlo a una zanja o al río.
Algún día, como a todos, le llegó su turno.
El entierro de quien nunca quiso ayudar
Cuando murió, ocurrió algo que probablemente no esperaba.
Los mismos vecinos a quienes nunca había querido ayudar decidieron hacerse cargo de su entierro.
Prepararon un guando para transportar el cuerpo.
Pero cuando intentaron levantarlo descubrieron algo extraño.
Pesaba muchísimo.
Tuvieron que turnarse para continuar el camino.
A diferencia del muerto que llevaban sobre los hombros, ellos sí estaban dispuestos a ayudarse entre sí.
Cuando llegaron a un viejo puente sobre el río, el cuerpo pareció volverse todavía más pesado.
Entonces ocurrió.
El guando cayó.
El muerto desapareció entre las aguas.
Los vecinos bajaron a buscarlo, pero por más que recorrieron el río no encontraron ni el cuerpo ni la camilla.
Y allí podría haber terminado la historia.
Pero dicen que nunca terminó.
Chiqui, chiqui, chiquicha…
Desde entonces, algunas noches vuelve a escucharse el rechinar de las cuerdas contra la madera.
Chiqui, chiqui, chiquicha…
Después llegan los rezos.
Y poco a poco aparece nuevamente aquella procesión fúnebre recorriendo los caminos.
Varias figuras cargan el guando.
Una sábana blanca cubre aquello que llevan.
Y entonces vuelve a escucharse la voz:
—Meta el hombro, compañero…
El hombre que durante toda su vida se negó a ayudar a cargar las dificultades de los demás terminó condenado a recorrer eternamente los caminos pidiendo que alguien le ayude a cargar las suyas.
Los malos vecinos
Quizás por eso El Guando no habla solamente de muertos o apariciones.
También habla de algo mucho más cotidiano.
De las personas que miran hacia otro lado cuando alguien necesita ayuda.
Del vecino que nunca está disponible.
Del compañero que desaparece cuando las cosas se complican.
Del amigo que solo permanece mientras todo va bien.
Y también de lo contrario.
Porque cuando aquel hombre murió, sus vecinos pudieron haber cumplido su deseo y dejarlo abandonado.
No lo hicieron.
Se organizaron.
Lo cargaron.
Se relevaron cuando alguno se cansaba.
Intentaron darle una sepultura digna.
El hombre que nunca ayudó a nadie terminó dependiendo de la solidaridad de aquellos a quienes había rechazado.
Tal vez ahí esté la verdadera ironía de la historia.
No en que el muerto pese demasiado.
Sino en que incluso después de morir sigue necesitando aquello que nunca quiso ofrecer.
Y alguien todavía lo está buscando
La historia guarda además otra aparición.
En algunas versiones, un Fraile o Cura sin Cabeza recorre los mismos caminos buscando El Guando.
Quiere encontrar al muerto y darle, por fin, una sepultura cristiana.
Pero nunca consigue alcanzarlo.
Quizás por eso ambos continúan caminando.
Uno buscando descanso.
El otro intentando dárselo.
Y si alguna noche, mientras recorres un camino solitario, escuchas:
chiqui, chiqui, chiquicha…
tal vez sea mejor apartarse.
Sobre todo si después una voz te pide:
—Meta el hombro, compañero…




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