Hace poco, leyendo La envidia, de la escritora colombiana Isabel Botero, me encontré con una referencia a un famoso cuadro de René Magritte que yo no conocía.

Ayer volví a encontrarme con él. Esta vez fue en el periódico The Guardian, en una nota sobre una exposición en Londres dedicada a Magritte y a la influencia que su obra ha tenido en otros artistas.
Y me dio curiosidad.
Londres, además, es una ciudad que últimamente se me ha aparecido por distintas circunstancias, incluida una literaria: La librería del señor Livingstone, de Mónica Gutiérrez. Así que decidí detenerme un poco y explorar quién era Magritte, qué tenía de particular aquella pipa y qué significaba eso del surrealismo.
La realidad no se limita a lo que vemos y razonamos de manera lógica
Esta frase es especial para mí.
Yo intento razonarlo todo.
Todo.
Busco explicaciones, causas, relaciones. Intento que las cosas tengan sentido.
Pero la realidad no siempre funciona así.
Y aquí apareció una palabra que conocía, pero que nunca me había detenido realmente a entender: surrealismo.
El surrealismo fue un movimiento artístico y literario que surgió en Europa en la década de 1920. Sus artistas y escritores se interesaron por aquello que escapaba al pensamiento puramente racional: los sueños, el inconsciente, las asociaciones inesperadas y esas imágenes que, aunque parecen no tener una explicación lógica, pueden producir una sensación, una pregunta o una idea.
Por eso, en una obra surrealista pueden aparecer cosas perfectamente reconocibles combinadas de una manera imposible, inesperada o desconcertante.
René Magritte fue uno de los grandes representantes del surrealismo.
Y en 1929 pintó La traición de las imágenes, la famosa obra que muestra una pipa y, debajo, una frase:
Ceci n’est pas une pipe.
Esto no es una pipa.
A primera vista parece absurdo.
Estamos viendo una pipa.
¿Cómo puede decirnos que no lo es?
Pero Magritte tiene razón: no estamos viendo una pipa. Estamos viendo la imagen de una pipa. No podemos tomarla entre las manos, llenarla de tabaco ni fumarla.
En el cuadro no ocurre nada fantástico. No hay monstruos, objetos volando ni escenarios imposibles. La pipa es perfectamente reconocible.
Lo desconcertante aparece en otro lugar: en la contradicción entre lo que vemos y lo que leemos.
Y de repente una sencilla pipa nos obliga a preguntarnos qué es una cosa, qué es su imagen y cuánto confiamos en las palabras que utilizamos para nombrar el mundo.




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