Panamá tiene tres ritmos. No hablo de música, sino del pulso del lugar: la velocidad de la ciudad, el movimiento metódico del Canal y la calma del mar en Río Hato.
No es mi primer viaje a Panamá, pero esta vez quería hacer nuevos recuerdos.
Recuerdos sin presencia.
Recuerdos donde pudiera respirar.
Ritmo uno: la Ciudad de Panamá y su velocidad
La ciudad parece la misma:
su luz constante, el cielo despejado,
los edificios que alcanzan el cielo
y las avenidas amplias, que no siempre conducen a algo nuevo.
Entrar fue moverse sin detenerse.
La ciudad se deja ver así:
cuando uno no pregunta,
cuando uno solo atraviesa.
Ritmo dos: el Canal de Panamá y su precisión
En el Canal de Panamá el ritmo cambia.
El camino es otro.
Nada se apresura.
Los barcos esperan,
el agua sostiene,
y cada uno atraviesa cuando le corresponde.
Mirarlo es entender que avanzar no siempre es ir más rápido,
que conectar no significa mezclar,
que incluso los océanos necesitan reglas para encontrarse.

Ritmo tres: Río Hato y la calma del amanecer
En Río Hato el ritmo es aún más distinto.
El mar no explica, no pide atención.
Solo está.
Es un lugar de descanso.
No tiene que hacer nada para gustar.
No se justifica, no hace de más.
Y así, se vuelve calma.
Con sus amaneceres que deslumbran,
sus sonidos que relajan
y sus noches que invitan a soñar.

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Panamá no se queda como una lista de lugares.
Se queda como una sensación:
la de mirar antes de intentar comprender.





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