Carta a un sueño

Lo supe antes de conocerte: un sueño que solo se vivía de un lado.

2–3 minutos

Creo que estoy despertando.
No de cualquier sueño, sino de esos que llegan sin aviso…
y se quedan más tiempo del que deberían.

De esos que se instalan despacio,
que crecen en silencio
y se vuelven inevitables.

De esos que sabes, incluso mientras los sueñas,
que no pertenecen a este mundo.

Porque tú no empezaste cuando llegaste.
Empezaste mucho antes.

En palabras sin rostro,
en pensamientos que ya conocían tu nombre,
en una forma de sentir que me era familiar
sin haberla tocado nunca.

Te esperaba, te anhelaba,
aunque pareciera imposible encontrarte.
Ya te estaba esperando
mucho antes de que llegaras.

Me importaba alguien ausente,
rezaba por alguien que no conocía,
y aun así… el sentimiento solo crecía,
como si ya estuvieras presente.

Y un día apareciste.
Sin anuncio, sin esfuerzo.
A kilómetros de distancia,
pero con un hilo invisible que parecía llevarte hasta mí.

Y todo fue demasiado rápido,
como si el tiempo hubiera decidido alcanzarse a sí mismo.

Mi corazón no dudó.
No preguntó.
Te reconoció.

Y cuando te vi,
no fue descubrimiento…
fue confirmación.

Podías haber sido distinto,
cualquier gesto, cualquier rostro, cualquier detalle,
y aun así habrías sido tú.

Pero entonces estaban tus ojos,
con esa forma de mirar que no pide nada
y, sin embargo, lo dice todo.

Tu rostro,
cada trazo suyo,
como si ya lo hubiera recorrido antes en algún lugar
donde no existen los nombres.

Y en mí nació un deseo nuevo,
callado, casi tímido:
acercarme,
aprenderte con las manos,
descubrir la geografía de tu piel
como quien regresa a casa.

Tu nariz, tus orejitas que escondías,
tus imperfecciones tan perfectamente tuyas,
tu barba,
tu cabello,
las canas que llegaban antes de tiempo
como si también ellas te hubieran esperado.

No había nada que corregir.
Nada que cambiar.

Eras… inevitable.

Y entonces lo entendí.
No estaba empezando a quererte.
Ya estaba ahí.

Lo supe en ese instante:
estaba perdida.

Y el miedo llegó después,
como llegan las cosas que sí pertenecen a este mundo.

Porque sentirte así
era entregarme sin defensa,
era dejarme en tus manos
sin que lo supieras siquiera.

Era saber que no había forma de detenerlo,
que podía intentar frenarlo, nombrarlo, contenerlo…
y aun así seguiría creciendo,
como crecen los sueños
cuando nadie los está mirando.

Pero tú te fuiste en una frase,
y yo me quedé con todo lo que no alcanzó a existir.

Con las versiones de ti que nunca fueron,
con los momentos que no pasaron,
con la historia que solo vivía de un lado.

Tal vez olvidar no es la palabra.
Tal vez es aprender a despertar
sin buscarte en cada rincón del sueño.

O aceptar que algunos sueños
no quieren ser olvidados.

Los recuerdos y las emociones no siempre entienden lo que la mente ya ha escrito… por eso hay otros escritos sobre dejar ir.


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