Esta semana correspondía organizar libros, uno de los pasos del método de Marie Kondo.
La semana anterior correspondió a la ropa… y fue todo un caos.
Pero, contrario a lo que muchos puedan pensar, los libros fueron muchísimo más fáciles.
Nunca he tenido apego por los libros. Tengo unos pocos. Muy pocos. En mi casa nunca hubo una biblioteca con literatura. Mi familia es poco lectora.
Y en la universidad, los libros eran tan costosos que no quería decirles a mis padres. Así que, entre la biblioteca, fotocopias, los apuntes de clase y, algunas veces, los libros de mis compañeros, saqué la carrera adelante… y con muy buenas notas (jejejeje, costó escribir eso… me cuesta reconocer mis logros).
Y, ante un espacio reducido, muchas veces leo en digital. Entonces, en cualquier lugar puedo leer desde el celular. Eso sí, tengo una gran biblioteca digital.
Los libros que llegan a mis manos —por no tener versión digital o porque fueron un regalo— los leo, últimamente los analizo, escribo la reseña… y los regalo.
Son libros que no voy a volver a leer. Libros que ya cumplieron un propósito en mi vida. Ya los disfruté, ya fui feliz. Y pueden continuar su viaje en las manos de otra persona.
No quiero quedarme con un libro que nunca va a volver a ser abierto. Prefiero que sus páginas se desgasten en otras manos, en otros ojos, en otras miradas.
Para mí, los libros nacieron para ser compartidos.
Organizar los libros me tomó solo dos horas. Ya tengo algunos para regalar a personas que sé que los disfrutarán, y otros para donación. Me quedé con unos pocos, la mayoría pendientes por leer.
Quien me conoce un poquito sabe que puedo estar leyendo tres libros al mismo tiempo. Tres historias diferentes. Y que, generalmente, termino los libros que comienzo… así me tarde un poco.
Y, como suele ocurrir cuando organizo las cosas exteriores, algo en mí volvió a moverse.
Pensé en lo ideal que sería poder tener ese mismo grado de desapego con las personas. Saber que estuvieron solo un rato, que fui feliz, y que simplemente ya se tienen que ir. Y que eso no doliera.
Ojalá pudiera ser así de simple.
Porque, igual que los libros, las personas también dejan huellas. Dejan emociones, aprendizajes, sensaciones que no se borran al cerrar la historia.
Por eso cuesta tanto.
Tal vez no se trata de evitar el dolor, ni de cerrar capítulos sin sentir.
Tal vez se parece más a lo que hago con los libros: aceptar que tuvieron un propósito en mi vida, que ya fueron leídos en ese momento, y que, aun con todo lo que dejaron, su historia llegó a un final.
Y entonces, sin negar lo vivido, permitir que otro capítulo comience.
Como si cada persona fuera un libro en la biblioteca de la vida. No todos se quedan. No todos se releen. Pero todos, de alguna forma, nos transforman.
Por casualidad encontré este video de Mario Mendoza, escritor colombiano, en el que reflexiona sobre el acto de “prestar” libros. Les dejo el enlace:
https://www.facebook.com/watch/?v=1124690019734459
Y tú, ¿Qué opinas?
Y ahora… tercer paso: documentos.
No sé si lista… pero ya no puedo seguir huyendo.
Esta entrada hace parte de la serie Lo que queda, inspirada después de haber leído La magia del orden de Marie Kondo.
Entrada anterior: El caos como principio de todo.



Deja un comentario