Puedo resumir esta semana en una sola palabra: caos. Y aquí es donde el caos se convierte en el principio de todo.
Como lo mencioné en el post anterior, volví a un libro: La magia del orden. Y llegó en un momento preciso. En este punto de mi vida, donde nada encaja, donde todo parece haber perdido sentido y propósito, donde algo se rompió y fue reparado de forma desordenada… es justo ahí donde comienzo a reorganizar.
A identificar lo que queda, ordenarlo y volver a surgir.
Eso fue lo que hice esta semana, al menos en lo material. Saqué absolutamente toda mi ropa y mis zapatos. De cada rincón del lugar donde vivo. Todo terminó en la habitación: sobre la cama, en el piso, en cualquier espacio disponible. El armario quedó completamente vacío, y con ese vacío apareció también una nueva forma de mirar ese espacio.

Y como sugiere Marie Kondo, empecé a quedarme solo con aquello que me hace feliz. Ese concepto que se siente cuando tocas algo y sabes, sin duda, que quieres conservarlo. Lo demás, lo dejé ir.
Algunas decisiones fueron fáciles. Otras no tanto. Había cosas que no me hacían feliz, pero tampoco lograba soltarlas. La autora habla de dos razones para eso: el apego al pasado —algo que alguna vez te hizo feliz— y la ansiedad por el futuro —el “tal vez lo necesite después”. Ninguna de las dos está en el presente.
Y es cierto. Muchas cosas que guardaba pertenecían a una versión de mí que ya no existe, o a un futuro que ni siquiera sé si llegará.
Hay cosas que me gustaron, pero ya no. Cosas que costó tener y que nunca terminé usando. Y siguen ahí, ocupando espacio.
Y mientras hacía esta selección física, algo adentro también empezó a moverse.
Pensé en todas esas cosas que sigo sosteniendo en mi vida solo porque alguna vez me hicieron feliz, aunque hoy no lo hagan. En personas valiosas, importantes, buenas… pero cuya compañía en este momento no me genera lo mismo, y aun así me aferro a lo que significaron. En todo aquello que no suelto por miedo, porque después de perder tanto, no quiero seguir perdiendo… aunque lo que conserve no me haga bien.
Todo esto ocurrió en medio del caos. Una semana en la que igual tuve que trabajar, ir al gimnasio, cumplir con mis responsabilidades… y en la que, por varios días, ni siquiera tuve dónde dormir, porque mi cama estaba cubierta de ropa.
Hoy puedo decir que lo logré.
Y me siento mejor.
Esta entrada hace parte de la serie Lo que queda, inspirada después de haber leído La magia del orden de Marie Kondo.
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