El Frankenstein del libro no era el que yo conocía por las películas
Pensé que Frankenstein era un libro de terror. Tenía en la cabeza las imágenes de tantas películas que mencionan al personaje, aunque creo que nunca he visto una completa. Como el terror no está entre mis géneros favoritos, empecé a leerlo sin demasiadas expectativas. Sabía que era un clásico, pero llegué a él con una idea construida más por sus adaptaciones que por la novela.
Mary Shelley comenzó a imaginar esta historia en 1816, después de que Lord Byron propusiera a un grupo de escritores escribir historias de fantasmas durante una estancia cerca del lago de Ginebra. Lo que se hacía antes, cuando no existían la televisión ni internet.
Los primeros capítulos me resultaron lentos. No encontraba todavía la historia que esperaba y quizá me apresuraba a buscar al monstruo que creía conocer. Pero, a medida que avanzaba, descubrí un libro muy diferente: una novela de atmósferas cuidadosamente descritas que, además del horror, se pregunta por el sentido de la vida, la posibilidad de vivir plenamente, la responsabilidad por nuestros actos, la soledad, la venganza y la necesidad de ser aceptado.
También me sorprendió la criatura. No se parece del todo a la figura que yo imaginaba: mide unos ocho pies (aproximadamente 2,44 metros), tiene la piel amarillenta y el cabello negro y abundante. La novela describe otros rasgos de su rostro que a Víctor le resultan espantosos. Pero, mientras leía, el personaje que a mí me produjo rechazo no fue la criatura.

Fue Víctor Frankenstein. Me pareció egoísta, irresponsable y demasiado débil para enfrentar las consecuencias de sus decisiones. Sentía culpa y dolor, pero su sufrimiento ocupaba tanto espacio que no parecía ver el de quienes lo rodeaban. Se empeñó en darle vida a otro ser y, cuando lo consiguió, lo abandonó. Después lamentó lo ocurrido, pero nunca convirtió ese dolor en cuidado por los demás. No justifico los actos de la criatura; aun así, para mí la mayor responsabilidad por el origen de la tragedia es de quien la creó.
La criatura, en cambio, me llevó a reflexiones más profundas: la necesidad de ser aceptado, de sentirse elegido y de ser suficiente. También me hizo pensar en lo superficial que puede ser nuestro juicio cuando se adelanta a conocer a alguien. Me pregunté si juzgamos solo lo que vemos o si estamos dispuestos a ver más allá.
Desde el momento en que comprendí que Víctor había creado a alguien más fuerte y ágil que él, empecé a presentir que aquello terminaría mal. Y entonces Frankenstein me llevó a una pregunta que no esperaba encontrar en un libro de 1818. Hoy desarrollamos inteligencias artificiales capaces de superarnos en ciertas tareas. ¿Qué pasaría si llegáramos a crear algo cuyas capacidades superaran nuestra posibilidad de comprenderlo y dirigirlo? ¿Cómo podríamos controlarlo? Y, antes de intentar responder eso, ¿qué responsabilidad tendríamos por haberlo creado?
Tardé una semana en leer las primeras cincuenta páginas y una sola tarde en leer las ciento ochenta y dos restantes. La novela terminó atrapándome por completo. Me pareció espectacular, y quizá mi juicio tan severo sobre Víctor sea parte de la pasión que despertó en mí. No fue el miedo lo que me movió, sino la rabia, la reflexión y el deseo de justicia.
¿A quién recomiendo Frankenstein?
Recomiendo Frankenstein a todo tipo de lectores: a quienes disfrutan la literatura filosófica o de horror, y también a quienes solo buscan una novela bien contada. Es una obra que vale la pena conocer.
Si ya leíste la novela, me encantaría saber qué pensaste de Víctor y de su criatura.
Ficha técnica

Título: Frankenstein
Título original: Frankenstein; or, The Modern Prometheus
Autora: Mary Shelley
Primera publicación de la obra: 1818
Edición leída: Saga Egmont, libro electrónico en español (2020)
Número de páginas: 232
Género: novela gótica y ciencia ficción
Corriente literaria: Romanticismo
Sobre la autora
Mary Wollstonecraft Shelley (1797–1851) fue una escritora inglesa, hija de la pensadora Mary Wollstonecraft y del filósofo William Godwin. Comenzó a imaginar Frankenstein durante el verano de 1816, cerca del lago de Ginebra, y la novela se publicó en 1818, cuando tenía veinte años. También escribió Valperga y El último hombre. Su obra explora, entre otros temas, la ambición, la pérdida y las consecuencias humanas de nuestras decisiones.



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