Si alguna noche un desconocido te ofrece exactamente aquello que llevas años deseando, no aceptes demasiado rápido.

Sobre todo si es encantador.

Sobre todo si parece tener dinero de sobra.

Y, por favor, antes de firmar cualquier cosa, mírale los pies.

Porque quizás debajo de unos pantalones perfectamente elegantes se escondan dos cascos de cabra.

El Mandingas no siempre necesita mostrarse como un monstruo. A veces le resulta mucho más útil parecer amable.

Dicen que sabe reconocer aquello que deseas y que puede ofrecértelo: dinero, suerte, poder, éxito o quizás eso que llevas tanto tiempo esperando.

El problema nunca está en la oferta.

Está en el precio.

Algunas historias cuentan que el trato queda sellado mediante un pacto. El Mandingas cumple su parte y concede aquello que prometió.

Después espera.

Puede pasar mucho tiempo.

Pero cuando llega el día acordado, vuelve para cobrar.

Y entonces descubres que aquello que parecía el mejor negocio de tu vida quizá nunca lo fue.

Porque hay ofertas que parecen demasiado buenas para ser ciertas.

Y otras que sí son ciertas, pero cuestan mucho más de lo que imaginabas.

No siempre tiene cuernos

Lo difícil es reconocerlo.

Algunas historias lo describen con cuernos, cascos de cabra, ojos inquietantes y un inconfundible olor a azufre.

Otras aseguran que puede presentarse como un hombre elegante, atractivo, simpático y perfectamente agradable.

Después de todo, si alguien pretende convencerte de entregar el alma, probablemente le resulte más útil una buena sonrisa que unos enormes cuernos.

También dicen que le gustan las apuestas y que puede aparecer en lugares de juego mezclándose entre las demás personas.

Solo existe un pequeño inconveniente.

El Mandingas casi nunca pierde.

¿Qué estamos dispuestos a entregar por conseguir aquello que deseamos?

Tal vez detrás de esta leyenda exista una tentación que sigue siendo bastante actual.

Dinero fácil.

Éxito rápido.

Suerte sin esfuerzo.

La posibilidad de obtener aquello que deseamos sin esperar demasiado ni preguntarnos cuánto puede costarnos.

El problema no está en querer algo.

Quizás comienza cuando el deseo se vuelve tan importante que dejamos de preguntarnos qué estamos dispuestos a entregar para conseguirlo.

Y en esta historia, cuando finalmente descubrimos el precio, suele ser demasiado tarde.

Pero ¿por qué se llama Mandingas?

Mientras buscaba las diferentes versiones de esta leyenda encontré algo que no esperaba.

La palabra mandinga tuvo originalmente un significado completamente diferente (referencia aquí).

Los mandingas son pueblos de África occidental, con presencia histórica en territorios que hoy pertenecen a países como Senegal, Gambia, Guinea y Malí.

Durante la época colonial, personas procedentes de estos pueblos fueron llevadas por la fuerza a América. Sus creencias, prácticas religiosas y objetos de protección fueron observados desde una sociedad europea y cristiana que con frecuencia consideraba aquello que no comprendía como hechicería o algo relacionado con el demonio.

Con el paso del tiempo, el nombre de un pueblo terminó transformándose, en diferentes lugares de América, en una manera popular de llamar al diablo.

Así que el Mandingas de esta leyenda no nos habla únicamente del miedo al demonio o de los peligros de hacer un mal negocio.

Su propio nombre conserva también una parte incómoda de nuestra historia.

Y quizá conocerla sea otra razón para seguir contando estas leyendas: no solo para repetirlas, sino para descubrir todo lo que se fue escondiendo dentro de ellas con el paso de los años.

Así que, si alguna noche alguien aparece con la solución perfecta para todos tus problemas, puedes escuchar su propuesta.

Pero antes de aceptar…

yo le miraría los pies.

Y tú, ¿aceptarías el trato si supieras que el Mandingas realmente va a cumplir su parte?

Representación del la leyenda El Mandingas en Cafam Melgar.

Con El Mandingas comienza la última parte de Mi viaje a los mitos y leyendas de Colombia: historias donde aparecen la tentación, la culpa, el mal y la muerte.

Después de este personaje que ofrece exactamente aquello que deseamos, el camino continúa con El Silbón, una presencia que muchas veces se escucha antes de verse.


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