Los Cerros Orientales no son solo montañas al este de Bogotá, Colombia: son testigos silenciosos de la historia, guardianes de biodiversidad, caminos de agua y senderos donde cada mirada sobre la ciudad nos recuerda que Bogotá vive y respira entre naturaleza y ciudad.

Imagen de Bogotá tomada desde los cerros orientales.
Foto propia. Vista Bogotá desde los cerros orientales.

Aquí los cerros están pegados a la ciudad. No los miras desde lejos: viven contigo. Amaneces con ellos; los puedes ver desde casi cualquier punto, y en ocasiones la niebla los cubre, como intentando abrigarlos. A más de 2.600 metros sobre el nivel del mar, el aire es frío y fino. El clima cambia en cuestión de minutos: sol intenso al mediodía, lluvia breve en la tarde, un atardecer dorado que cae rápido sobre las montañas.

Los Cerros Orientales forman parte de la Cordillera Oriental, que a su vez pertenece a la inmensa Cordillera de los Andes, esa columna vertebral que atraviesa el continente suramericano. Cuando los Andes llegan a Colombia se dividen en tres ramas —Occidental, Central y Oriental— y es esta última la que abraza a Bogotá por el este, como si la protegiera.

Pero los cerros no son solo geografía. Son agua.
Muchos de los ríos y quebradas que atraviesan la ciudad nacen allí. Antes de que existieran avenidas y edificios, estos caminos de agua ya descendían por la montaña buscando el valle. La ciudad creció, pero ellos siguen ahí, insistiendo.

También son memoria.
Mucho antes de que Bogotá se llamara así, este territorio era habitado por el pueblo Muisca, que veía en estas montañas espacios sagrados. Para ellos, la relación con la naturaleza no era paisaje, sino vínculo.

Y son biodiversidad.
En pocos pasos puedes pasar del ruido urbano a un bosque altoandino donde crecen frailejones jóvenes, encenillos y musgos que guardan humedad como si custodiaran secretos. A veces, si tienes suerte, se cruzan aves que no sabías que existían en una ciudad de ocho millones de personas. Es un ecosistema de montaña húmeda, de neblina persistente y suelos que respiran agua.

No siempre subo a los cerros. Muchas veces basta mirarlos desde abajo. Saber que están ahí —vigilantes, fuertes, inmóviles, persistentes— me da paz.

Ya saben… prefiero la montaña. Y sí, he subido a los cerros, pero de eso les hablaré en una próxima entrada.

Gracias por acompañarme en este recorrido.

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