Betsy Ross, más allá del mito: madre, viuda y mujer de oficio

Filadelfia es una ciudad vibrante, llena de historia y energía. Algo que me sorprendió durante mi visita fue el profundo orgullo que cada persona parece tener por su ciudad. En cada esquina, en cada conversación, en cada cartel, hay una afirmación de grandeza: el primero, el más antiguo, el más importante. Y es que, de alguna manera, en cada palabra que se pronuncia sobre Filadelfia, se siente la historia viva.
Hoy quiero compartirles una de esas historias, una que mezcla mito, memoria y patriotismo: la de Betsy Ross, la mujer que, según la tradición, confeccionó la primera bandera de los Estados Unidos.
¿Es una leyenda o realmente existió? ¿Fue en verdad ella quien cosió esa primera bandera de trece estrellas? ¿Y es la Betsy Ross House el lugar auténtico donde vivió?
Las versiones son muchas, y los documentos escasos. Pero quizá eso es precisamente lo que la hace tan fascinante.
Solo por conocer ese misterio, creo que vale la pena visitar la casa que lleva su nombre. Una casa pequeña, antigua, con la atmósfera intacta del siglo XVIII. Allí, entre paredes de ladrillo, banderas y relatos, se entrelazan la historia y la leyenda.
En la entrada anterior nos quedamos en Elfreth’s Alley, ese callejón que parece detenido en el tiempo. Al salir de allí, nos encontramos con la 2nd Street, y a tan solo tres minutos caminando por la Arch Street, está la Betsy Ross House.
Aquí les dejo el enlace a la ubicación de Betsy Ross House y el enlace al sitio oficial para que puedan explorar más sobre sus horarios, actividades y eventos especiales.
Y también comparto este mapa con los puntos de conexión, por si quieren seguir el mismo recorrido que hice yo.
Betsy Ross es recordada como muchas cosas: viuda, madre, trabajadora incansable y hábil tapicera del siglo XVIII. Pero lo que verdaderamente la hizo trascender fue una escena legendaria: ella, sentada frente a su mesa, cosiendo la primera bandera de los Estados Unidos. Esa imagen se convirtió en parte del imaginario colectivo de una nación.
Sin embargo, como ocurre con muchas figuras históricas, detrás del símbolo hay una historia más compleja y, en este caso, llena de interrogantes.
La historia de la bandera fue contada por primera vez casi un siglo después, en 1870, por su nieto William Canby, durante un discurso ante la Sociedad Histórica de Pensilvania. Canby aseguraba que su abuela le había contado personalmente que en 1776, George Washington, acompañado por Robert Morris y George Ross, la visitó en su taller en 239 Arch Street, Filadelfia. Le mostraron un boceto de una bandera con trece franjas rojas y trece estrellas de seis puntas.
Según el relato, Betsy les propuso un cambio simple pero significativo: convertir las estrellas en figuras de cinco puntas, más fáciles de coser. Con un solo corte de tijera, les mostró cómo hacerlo. Así, supuestamente, nació la bandera de las barras y las estrellas.
Otros miembros de la familia firmaron declaraciones juradas respaldando esta versión, asegurando que Betsy se las había contado a ellos también. Pero, ¿qué dice la historia oficial?
La realidad es que no existe documentación contemporánea que confirme que ella fue la encargada de coser la primera bandera nacional. Lo que sí se sabe es que el 29 de mayo de 1777, Betsy recibió un pago considerable por parte de la Junta de Armamento del Estado de Pensilvania por fabricar banderas, lo cual prueba su oficio y el reconocimiento de su trabajo en esa época.
Unos días después, el 14 de junio de 1777, el Congreso Continental adoptó oficialmente la bandera con barras y estrellas como símbolo de la nueva nación.
Betsy Ross, nacida el 1 de enero de 1752 en Filadelfia, fue la octava de 17 hijos en una familia cuáquera perteneciente a la Sociedad Religiosa de los Amigos. Su vida no fue fácil: enviudó tres veces, pero siempre se mantuvo firme y trabajadora. Su primer esposo, John Ross, murió en 1776, poco después de casarse en contra de la voluntad de sus familias. Fue entonces cuando Betsy asumió el taller de tapicería.
Uno de los personajes clave de esta historia, George Ross, miembro del comité de banderas, era tío político de Betsy. Su relación familiar y el talento de Betsy pudieron haber influido en que recibiera encargos importantes.
¿Cosió o no la primera bandera? Tal vez nunca lo sabremos con certeza. Pero a veces, las leyendas también construyen identidad. Y esta, sin duda, es parte del alma de Filadelfia.
En cuanto a la Betsy Ross House, la visita no solo permite adentrarse en la historia de una mujer convertida en leyenda. También ofrece la oportunidad de conocer a mujeres reales de la Filadelfia del siglo XVIII, aquellas cuya vida no está escrita en los libros de historia, pero cuyo trabajo silencioso, determinación y habilidad para sostenerlo todo —el hogar, los negocios, las comunidades— fue esencial para mantener en marcha tanto a sus familias como a la ciudad misma.
A través de recreaciones, objetos cotidianos y relatos íntimos, se vislumbra la vida de esas mujeres que, como Betsy, enfrentaron guerras, duelos, crisis económicas y transformaciones sociales, sin dejar de sostener con sus manos y su coraje el tejido de una nación en construcción.
Pero aquí viene lo curioso —y quizás lo más fascinante de todo este relato: ni siquiera está claro si la casa que hoy visitamos fue realmente la suya.
Sí, lo sé. Es desconcertante. Durante décadas se ha creído que Betsy vivió y trabajó en el número 239 de Arch Street, y esta creencia se basa en el testimonio de una de sus hijas, Rachel, quien en 1891 identificó esa casa como el lugar donde su madre confeccionó la primera bandera. Sin embargo, durante el Walking Tour que realicé por Filadelfia, el guía Reid Addis mencionó que la casa original pudo haber estado justo al lado, en una estructura que fue demolida hace mucho tiempo.
Y así como la casa ha sido objeto de debate, los restos de Betsy también lo han sido.
Hoy, en el pequeño patio trasero de la Betsy Ross House, se encuentra una tumba con su nombre. Pero es probable que no sean realmente sus restos los que descansan allí. A lo largo del tiempo, Betsy fue enterrada en varios lugares: primero en un cementerio cuáquero, luego trasladada al Mt. Moriah Cemetery, y finalmente —o supuestamente— exhumada y llevada a esta casa en 1975, durante la celebración del bicentenario de Estados Unidos.
Pero cuando realizaron la exhumación, no encontraron nada bajo la lápida. Los huesos que hoy están enterrados en el patio fueron hallados en otra parte del cementerio, sin identificar, y atribuidos a Betsy sin pruebas concluyentes.
Así que, al final, esta casa guarda más preguntas que certezas.
Pero tal vez por eso mismo vale la pena visitarla: no por lo que sabemos con seguridad, sino por lo que nos invita a imaginar. Porque, a veces, lo que mantiene viva una historia no es su exactitud, sino su poder simbólico, su capacidad de perdurar en la memoria colectiva.
Visitar la Betsy Ross House no es solo un paseo por la historia, sino una invitación a cuestionarla, a sentirla y a imaginarla.






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