Después del salto,
vino la oscuridad.
Abría los ojos,
pero no había diferencia.
Solo podía sentir aquello que se aferraba a mi piel:
el frío,
las lágrimas,
el latido obstinado de mi corazón,
mis pensamientos sin orden.
Permanecía encogida sobre mí misma,
como si el espacio entre mis brazos y mis rodillas
fuera el único lugar en donde podía estar.
De vez en cuando aparecían voces.
Llegaban deformadas por la distancia,
como si viajaran a través del agua.
Las reconocía.
Intentaba seguirlas.
Pero desaparecían antes de que pudiera alcanzarlas.
Entonces volvía el silencio.
Un silencio tan grande
que podía escuchar mi propia respiración
perdiéndose en la oscuridad.
Y yo seguía cayendo.



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