Todo está oscuro.
Tengo los ojos cerrados.
El frío no desaparece.
Cubre mi corazón.
Viaja en cada latido.
No escucho nada.
Tengo las mejillas húmedas.
No sabía que seguía llorando.
Mis manos están cerradas.
Con tanta fuerza
que siento mis uñas
hundirse en la piel.
No puedo abrirlas.
Siento algo entre mis dedos.
No sé qué es.
Mis dedos no responden.
Yo tampoco.
El único movimiento que percibo
es el de mi pecho,
subiendo y bajando.
Apenas lo suficiente
para seguir existiendo.
Algo oprime mi pecho.
Tampoco puedo verlo.
Un solo suspiro
parece capaz de convertir
mi cuerpo en escombros.
No recuerdo
qué traía conmigo
cuando salté.
La luz también hirió mis ojos.
Me mostró una grieta
atravesándome por completo.
Tiemblo
ante la posibilidad
de volver a verla.
Aún no.
No quiero abrir los ojos.
La oscuridad no me asusta.
Todavía no estoy lista.
Necesito un poco más de fuerza
para volver a mirarla.
Por ahora,
solo puedo respirar.

Metáforas para una herida: Este es la continuación de Una luz pasajera




Deja un comentario