Alguien muy importante para mí me hablaba de esa mochila que todos cargamos. Algunos la llevan más pesada que otros. Algunas personas cuentan con alguien que les ayuda a sostenerla; otras la llevan completamente solas.
Es imposible que esa mochila esté vacía. Pero, de vez en cuando, vale la pena preguntarnos qué seguimos cargando y si aún tiene sentido hacerlo. Hay decisiones que cambian el rumbo de nuestra vida y esas, inevitablemente, pesan más.
Entonces alguien me dijo:
Imagina que llevas una mochila.
Dentro hay veinte piedras.
Las piedras no pesan todas igual.
Pero tu espalda siente el peso total.
Quizá el objetivo no sea quitar todas las piedras esta semana.
Quizá el objetivo sea aprender a distinguir cuáles son las tres piedras grandes y cuáles pueden esperar sin culpa.
No porque las otras no importen.
Sino porque ningún ser humano puede cargar veinte piedras con la misma intensidad al mismo tiempo.
Ninguna piedra es exactamente igual. Algunas son pequeñas. Otras ocupan casi todo el espacio. Pero, al final, tu espalda no distingue una de otra. Solo siente el peso.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era no ser capaz de avanzar lo suficiente. Que, si me organizaba mejor, si trabajaba más horas o encontraba el método perfecto, algún día conseguiría cargar todas las piedras sin cansarme.
Ahora creo que estaba equivocada.
Quizá el objetivo nunca fue cargarlo todo.
Quizá el verdadero aprendizaje consiste en detenerse un momento, abrir la mochila y preguntarse cuáles son las tres piedras que realmente pesan.
No porque las demás no importen.
Importan.
Hay responsabilidades, sueños, proyectos, personas que queremos y decisiones que algún día tendremos que afrontar.
Pero ningún ser humano puede sostener veinte cargas con la misma intensidad al mismo tiempo.
Y, sin embargo, muchas veces vivimos como si debiéramos hacerlo.
A veces, la culpa termina pesando más que las propias piedras.
Hace poco entendí algo que me dio un poco de paz: avanzar no siempre significa hacer más.
A veces significa elegir mejor.
Aceptar que algunas piedras puedan esperar unas semanas, unos meses o incluso unos años no es renunciar a ellas. Es reconocer que también tenemos un límite.
Y ese límite no nos hace débiles.
Nos hace humanos.
Hoy sigo llevando una mochila pesada. Hay decisiones importantes que aún no he resuelto y procesos que todavía estoy atravesando.
Hoy quiero abrir la mochila, mirar lo que llevo dentro y hacerme una pregunta sencilla:
¿Cuáles son las tres piedras que más pesan hoy?
Las demás seguirán allí.
Y cuando llegue el momento, también habrá fuerzas para ellas.
Porque no todas tienen que ser levantadas el mismo día.



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