Capas abstractas de acuarela oscura rodean una estrecha abertura de luz cálida.

La cómoda oscuridad

1–2 minutos

Parece que sigo
en el mismo lugar.

Tengo los ojos cerrados.

No sé dónde estoy.
Solo sé que el suelo
todavía sostiene mi cuerpo.

Ya no siento frío.
Tampoco calor.

Solo este silencio
que ha aprendido mi forma.

Sigo sin moverme,
pero algo en mí
quiere mirar.

Mis párpados pesan.

Los he mantenido cerrados
con tanta fuerza,
durante tanto tiempo,
que abrirlos
se siente como soltar algo.

Lo intento.

Apenas una rendija.

La luz la encuentra
y entra toda de una vez.

Cierro los ojos.

Arden.

Mis manos no responden.
No puedo acercarlas.

Mis párpados vuelven a buscar
la oscuridad que conocen.

Ella no exige nada.
No pregunta.

Solo me cubre.

Durante un instante,
pienso en quedarme.

Pero una hebra de luz
permanece detrás de mis párpados.

Tibia.
Paciente.

Los abro otra vez.

Despacio.

Esta vez
dejo que la luz me encuentre.

El dolor regresa.

Las lágrimas también.

Pasan primero
y suavizan los bordes de la luz.

Nada tiene forma.
Nada tiene nombre.

Solo hay claridad
temblando detrás del agua.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Diez.

Mis párpados tiemblan.

La oscuridad continúa allí,
a un parpadeo de distancia.

Pero la luz ya no golpea.

Se queda.

Yo también.

Y, de repente…


Descubre más desde Mi viaje a la lectura / My Journey into Reading

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta

error: Content is protected !!