Hace unas semanas me lesioné el hombro. Soy diestra, y eso hace que el impacto haya sido aún más grande. Pero esta lesión no solo me ha enseñado sobre mi cuerpo, también me ha enseñado —y mucho— sobre mí misma.
Les cuento la historia.
Me encanta jugar squash. Llevaba más de dos años jugándolo de forma regular, dos o más veces por semana. Este año también decidí asistir al gimnasio con disciplina: cinco veces a la semana para mejorar mi masa muscular. Me indicaron realizar un ejercicio llamado “elevaciones laterales”, que consiste en levantar los brazos con peso hacia los lados (en abducción). Y entonces pasó.
Un día, al hacer el movimiento, sentí un dolor punzante en la parte anterior del hombro derecho. Supe que algo no estaba bien. Pero a pesar del dolor, seguí entrenando. Continué jugando squash, tratando de estirar antes de cada partido, convencida de que con un poco de cuidado podría seguir. Una semana después, jugué dos horas seguidas… con dolor. Dolía tanto que ya no podía alzar bien la raqueta. Aun así, seguí.
Después de ese día ya no pude mover el hombro. El dolor era constante. No podía dormir de ese lado, no podía alzar el brazo, no podía realizar movimientos básicos como peinarme o vestirme. ¿Qué hice? Lo que suelo hacer: me adapté. Comencé a usar la izquierda para todo. No le conté a nadie. Descansé unos días y luego, como si nada, volví a jugar squash… pero con la izquierda. Aprendí desde cero, como si nunca hubiera jugado. Cogí la raqueta con torpeza, entrené con esfuerzo, pero el hombro derecho seguía doliendo, inevitablemente se movía, y dolía más.
Después de una semana y media intentando jugar con la izquierda, tuve que aceptar la realidad: no podía seguir. La lesión era grave. Me diagnosticaron bursitis y una ruptura parcial del tendón. Tuve que detenerme, frenar por completo. Si quería volver a jugar squash, o simplemente recuperar mi vida cotidiana, tenía que darme tiempo, ponerme como prioridad y sanar.
Ahora estoy en citas médicas, exámenes, terapias. En pleno proceso de recuperación. Pero esta experiencia me ha dejado algo más que una lesión: me ha dado una gran lección.
La forma en la que actué con mi hombro es la misma forma en la que he actuado emocionalmente en muchos momentos de mi vida: aguanto el dolor, me adapto, callo, sigo adelante aunque algo dentro de mí esté roto. No paro, no pido ayuda, no reconozco el límite. Me esfuerzo el doble con la parte sana, sin aceptar que necesito sanar lo que está herido. Pero el cuerpo, como el alma, también se cansa. También dice basta.
Hoy estoy aprendiendo a escucharme. A no seguir adelante solo porque algo me hace feliz, sin entender que puede que me esté haciendo daño. A no minimizar lo que duele. A detenerme, a cuidarme, y a sanar de verdad.
Así eso implique dejar lo que me gusta, lo que amo, pero que definitivamente me hace daño.
Gracias por tomarte el tiempo de leer mi historia.
En mi caso, detenerme también es avanzar.
Sanar no es rendirse. Sanar es una forma de amor propio.




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