Hoy siento agradecimiento.
Un agradecimiento sereno, sin nudos, sin rabia.
Él llegó a mi vida sin que yo lo esperara y, de repente, despertó emociones que creí dormidas.
Encendió rincones que pensé apagados para siempre.
Y fue tan rápido… tan inesperado… que a veces no supe cómo sostener todo lo que nació dentro de mí.
Me enamoré con una velocidad que me sorprendió.
Lo amé incluso más rápido.
Porque la presencia no siempre necesita cuerpo:
con él, lo que sentía era real.
Lo quise completo: sus valores, su forma de mirar el mundo, su sensibilidad, sus pensamientos.
Y no era idealización; también conocía su dolor, sus heridas, las partes que no le gustan de sí mismo.
Pero su valentía, su fuerza para seguir adelante y su deseo de trabajar en él hicieron que amara cada partecita de lo que es.
Por un tiempo pude vernos en un futuro.
Un espacio compartido.
Una vida tranquila.
Una relación sana que nunca he tenido.
Pero no caminábamos al mismo ritmo.
Él estaba en otro lugar emocional, y yo no era correspondida.
Y aunque duele, no es un dolor que desgarra… es un dolor que ilumina.
Un dolor que acomoda.
La última vez que me dijo que no sabía si podría corresponderme, algo dentro de mí se ordenó.
Fue como escuchar una verdad que ya sabía, pero que necesitaba oír en voz alta para dejar de pelear con ella.
Me despertó.
No lo culpo.
No puedo culpar a alguien por no sentir lo que yo siento.
Y me sorprende descubrir que no estoy rota: estoy creciendo.
El amor que siento no desaparece de inmediato —y no necesito que desaparezca hoy—, pero sí necesito soltar las proyecciones que construí.
A corto, a mediano y hasta a largo plazo.
Un futuro que ya caminaba sola.
No sé en qué momento dejamos de ir de la mano.
Hoy, más que tristeza, siento gratitud.
Porque él fue una luz en mi vida, y sigue siendo luz:
me mostró heridas antiguas que había escondido tan bien que ya creía que no existían.
Heridas nacidas del cariño intermitente, del miedo a no ser suficiente, del amor aprendido desde el esfuerzo y no desde la calma.
Pero ya no quiero amar así.
Quiero sanar.
Quiero aprender un amor que no duela, un amor donde yo también sea recibida, elegida y cuidada.
Hoy necesito calma.
Necesito volver a mí.
Conozco muy bien la soledad: la simple ausencia de compañía y la más dolorosa, la que se siente incluso acompañada.
La soledad nunca me ha asustado; convivimos en paz.
Es mi lugar de descanso.
Él estará bien —lo sé— y deseo que un día ame desde un lugar más sereno, y que ese amor sea recíproco y valiente.
Que la vida lo acompañe bonito.
Yo también caminaré hacia algo bueno.
Ahora quiero caminar hacia mí.
Quiero paz.
Quiero sanar.
Quiero vivir una vida tranquila, consciente, sin miedos antiguos ni heridas sin nombre.
Tengo toda mi vida por delante, y quiero vivirla bien.
Y me quedo con esto:
con el agradecimiento profundo hacia quien llegó como un regalo inesperado,
iluminó mis sombras sin saberlo,
y desde su verdad me deja algo que hacía mucho no tenía:
la calma que solo nace del afecto sincero.




Deja un comentario