El senderismo de montaña es una de mis muchas pasiones. La montaña siempre ha sido un lugar de encuentro, de calma, de reto y de disfrute profundo.
Tres semanas antes había programado un tour guiado al Parque Natural Chingaza. Una caminata de intensidad leve, pensada más para observar vida silvestre, con la posibilidad —si la suerte acompañaba— de ver desde lejos al oso andino, y para disfrutar, sin prisas, de la montaña.
Tres semanas antes también había tenido bronquitis. Dos semanas completas sin poder hacer actividad física, algo a lo que estoy acostumbrada. Cinco días antes del viaje retomé el ejercicio, pero sabía que no estaba en mis mejores condiciones: el cansancio llegaba antes, el cuerpo no respondía igual. Dudé en ir. Pero al tratarse de una caminata de baja intensidad, decidí hacerlo.
Llegar al parque ya implicaba un recorrido de aproximadamente dos horas y media. Íbamos en grupos de ocho personas, acompañados por un guía local.
Al inicio no sentí ninguna dificultad. Caminaba bien, disfrutando el entorno. Pero después de casi dos horas de ascenso, a unos 3600 metros sobre el nivel del mar, algo cambió.
Respirar comenzó a doler.
Jamás me había pasado en montaña. Y menos a esa altura, que no era nueva para mí. Literalmente sentía que el aire no entraba. No podía respirar profundo. El aire no pasaba. Me detuve. Me concentré en respirar, pero la respiración era superficial, rápida, inútil. No sentía que el oxígeno llegara a los pulmones. Empecé a marearme estando de pie. Tuve que sentarme.
Afortunadamente, no estaba sola. Recibí ayuda, algunos medicamentos, y logré continuar un poco más hasta llegar a un punto desde donde era más fácil salir de la zona y comenzar el descenso.
Mientras caminaba, comenzaron los calambres en ambos pies. Luego llegó algo peor: hubo momentos en los que dejé de sentirlos. En una ocasión estuve a punto de caer a un pequeño abismo. El terreno era pantanoso; mis pies se hundían en el barro hasta las piernas. Estaban mojados, fríos. Ya no había paisaje. Ya no había disfrute.
Solo quería llegar a un lugar seguro y despedirme de la montaña.
Ese día la montaña me estaba diciendo que no.
Faltaba aproximadamente una hora de ascenso hasta el punto más alto de la ruta en la que íbamos, donde habría fotografías y una de las vistas más increíbles del recorrido. Yo ya podía respirar un poco mejor, pero tosía y el pecho me silbaba. El mensaje era claro.
Por primera vez, la montaña me dijo que no.
Y lo entendí.
Salí de allí atravesando un terreno sin ascenso, de unos 15 minutos, hasta llegar al vehículo que nos esperaba. Fueron los 15 minutos más largos que he caminado en montaña. Los calambres en las piernas me obligaban a parar una y otra vez. Nunca me había pasado. Nunca había vivido algo así.
Claro que quiero volver a la montaña.
Claro que volveré.
Pero ese día entendí algo importante: incluso aquello que amamos profundamente puede pedirnos pausa. La montaña no siempre dice sí.
Hoy me dijo no.
Y está bien.
Porque sé que todos los días son diferentes.
Quiero compartir con ustedes algunas de las pocas fotos que tomé.
Cuando pueda volver y hacer el recorrido completo, les contaré más acerca de este parque, ubicado en la cordillera Oriental de los Andes.







Deja un comentario