Esta reflexión nació durante una salida de senderismo nocturno en Ubaté (Cundinamarca, Colombia). Caminábamos mientras el sol se ocultaba, la luz y el camino se desdibujaban, y tuve que aprender a confiar más en mis pasos que en lo que veía.
Me encanta el atardecer.
Ver cómo la luz se retira poco a poco y el cielo se pinta de rayos de distintos colores mientras llega la noche.


Cuando el ruido desaparece, la oscuridad no permite ver más allá sin ayuda.
Pero si la apagas, aparecen las estrellas: esos puntos esquivos, tan pequeños, que no se dejan atrapar en una foto.
Solo existen si estás ahí.
Llegar es complicado.
Devolverse también.

Entonces queda aprender a confiar.
Dar pasos en la oscuridad, sin ver el camino completo.
Saber apenas lo suficiente para seguir.
Confiar en que el sendero continúa, aunque no se vea.
La noche no exige certezas.
Solo presencia.
No pide llegar rápido ni saber a dónde.
Permite avanzar despacio, sin promesas.




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