A veces no se trata de olvidar, sino de aprender a soltar con amor.
Este texto nació del intento de dejar ir algo que fue bonito, pero ya no hace bien.
No es una carta de despedida, es un recordatorio de que sanar no siempre es rápido, pero sí posible.
Es una historia que tal vez no necesita una última escena… solo la decisión de seguir caminando.
Fue bonito. Fue especial.
Pero no fue recíproco.
Y eso duele.
Duelen los “casi”.
Lo ambiguo.
Lo que parecía, pero no fue.
No ha sido fácil soltar una historia que se vivió desde lo más sincero del corazón.
No es fácil alejarse de alguien con quien una parte del alma se sintió profundamente vista.
Y sin embargo, con el tiempo… duele más quedarse que irse.
Pero al irse, el dolor sigue ahí.
Ese dolor profundo que no se elige, que simplemente llega y se instala.
El dolor de no haber recibido lo que se merecía cuando más se necesitaba.
La frustración de no poder dejar de sentir lo que no se pidió sentir.
Y justo cuando crees que estás mejor… vuelve.
Porque aún no has sanado lo suficiente como para dejar de necesitar lo que tuviste… o lo que nunca llegó.
Porque todavía duele lo que fue.
O lo que soñaste que sería.
A veces se piensa: “Ya debería haberlo superado”.
Pero no.
Hoy no.
Quizá mañana un poco más.
Y cuando el dolor regresa, ya no se vive como un fracaso.
Es solo una ola.
Y ahora se sabe nadar.
A veces el corazón se sostiene con hilos de dignidad.
Y aunque esos hilos estén desgastados, se sigue de pie.
Porque las heridas no se cierran al ritmo de las expectativas.
Porque sanar también toma tiempo, sobre todo cuando aún se sostiene lo que lastima.
Algunas personas no cierran puertas de golpe.
A veces el duelo es lento, consciente, lleno de memoria y respeto por lo vivido.
No se trata de estar estancada, sino de esperar a que deje de doler para poder soltar sin violencia.
Vivir con puertas entreabiertas no siempre es debilidad.
Es un proceso.
Pero llega un punto en el que se comprende que la persona que no supo valorar la presencia constante, tampoco empezará a hacerlo en la ausencia silenciosa.
Y ahí, se instala un nuevo mantra:
Hoy elijo no entrar.
No porque no me duela.
Sino porque ya sé qué me espera ahí.
Y merezco más.
El corazón no busca lógica, busca reparación.
Y se engaña creyendo que un gesto, una señal, una escena final lo salvarán.
Pero eso no va a llegar.
Y por eso se aprende que algunas historias no necesitan cierre.
No hay última escena.
No hay redención.
Solo un final que no se dice en voz alta, pero se empieza a vivir en paz.
Sin culpas.
Sin dramatismos.
Sin ruegos.
Valió la pena.
Fui feliz.
Pero ahora duele.
Y es hora de irse.
Que el alma no sueñe que la hieren.
Que se pueda perdonar,
perdonarse,
y soltar desde la dulzura.
Sin rencor.
Con amor.
Fue bonito.
Pero ya no.
Y este adiós no necesita ser ruidoso para ser real.
Solo necesita amor propio.
Fuerza.
Y una última decisión:
seguir caminando.
Si tú también estás soltando algo que aún duele, recuerda que no estás solo/a. No hay forma correcta de despedirse. A veces la mayor valentía no es cerrar la puerta de golpe, sino dejar de entrar. Que cada paso, por pequeño que sea, te acerque a ti. Y si todavía estás leyendo, esta canción me parece perfecta para acompañar este momento: Tu fan de Mafalda Cardenal.




Deja un comentario