A veces soltar no ocurre en un solo momento. Cuando algo fue real, el proceso de despedida suele ser lento, silencioso y lleno de pequeños cierres.

Hay despedidas que no ocurren una sola vez.
Ocurren todos los días.

No por falta de decisión,
sino porque hubo algo real.
Y lo real
no se suelta de golpe.

Cada día se cierra una puerta un poco más.
Sin ruido.
Sin candado.
Con la mano aún tibia
de haber tocado
algo que importó.

A veces uno se asoma.
No para volver,
sino para comprobar
si ese lugar
sigue existiendo.

No siempre se busca a alguien.
A veces se busca la sensación
de haber tenido un sitio,
la versión de uno mismo
que ahí
respiraba distinto.

Pero el lugar ya no está habitado.
No hay ruinas.
No hay desastre.
Solo un vacío
que confirma
lo que la razón entendió antes
y el corazón
todavía aprende.

La esperanza se queda un poco más.
No es ingenua.
Está cansada.
Abre aun sabiendo
que probablemente
no habrá nadie.
El duelo también necesita mirar
para aceptar.

Hay silencios correctos.
Gestos amables
que marcan un límite
sin decirlo.
Y con el tiempo se entiende:
no ser correspondidos
no convierte a nadie
en culpable.
Solo nombra
el desencuentro.

Cerrar sin candado
no es quedarse.
Es irse despacio.
Es cuidarse
mientras se suelta.

Un día la puerta se cerrará del todo.
Sin anuncio.
Sin alivio inmediato.

No porque nada haya importado,
sino porque ya no dolerá aceptar
que ese lugar
cumplió su tiempo.


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