Existen días soleados y días nublados. ¿Cuál prefieres?
Los días soleados en Costa Rica tienen un brillo casi mágico. Las montañas, las ciudades y los paisajes resplandecen bajo su luz, como si todo estuviera diseñado para ser visto. Son una guía silenciosa que invita a salir, a explorar, a compartir. Hay algo en el sol que empuja la vida hacia afuera, que la hace visible.
Pero cuando el cielo se cubre, todo cambia. En el volcán Arenal, su forma se diluye en la niebla; en la represa, el agua se vuelve un espejo entre luces y sombras. Y en esos días nublados, mi piel —que se resiente con el sol— encuentra un respiro. Solo entonces puedo exponerme sin cubrirme de pies a cabeza. Son los días en los que puedo nadar, caminar, sentir la brisa y, al fin, ir a la playa, donde las olas y la arena se funden en mis pies. Los días soleados me permiten contemplar y capturar el paisaje; los días nublados, en cambio, me permiten habitarlo, aunque sea desde una soledad tranquila.




La noche y el día
Por eso la noche también se convierte en mi cómplice. En ella, San José, capital de Costa Rica, se revela más bonita. En la oscuridad, cada espacio encuentra su propia luz. Y tal vez por eso sigo buscando los días nublados y las noches. Porque en ellos no tengo que protegerme, ni adaptarme, ni esconderme. En ellos puedo, por fin, ser. Mientras el mundo brilla con la luz del sol, yo aprendo a existir en la penumbra, donde todo es más fácil, más honesto, más mío. Y es ahí, en esa forma silenciosa de habitar el mundo, donde descubro que también hay belleza en no encajar con la luz que la mayoría persigue.


Si te da curiosidad cómo habito los días de sol, puedes asomarte a mi viaje a Curazao aquí.




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