Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett, toma su título de una realidad inquietante: no existe una palabra para nombrar la muerte de un hijo. La lengua parece haber encontrado nombres para casi todas las pérdidas —huérfano para quien pierde a sus padres, viudo para quien pierde a su pareja—, pero guarda silencio frente a una de las más dolorosas. Tal vez porque ninguna palabra parece suficiente para contener una ausencia que desafía el aparente orden natural de la vida.
Sin embargo, escribir puede darle forma a aquello para lo que no existen palabras. Es una manera de reconocer el dolor, darle un lugar y compartirlo con otros. Eso es para mí Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett: un intento de unir las palabras con una pérdida imposible de comprender por completo.
Lo que no tiene nombre
Más que una narración del duelo, encontré en estas páginas un homenaje. Bonnett reconstruye la vida de su hijo Daniel, quien murió a los veintiocho años después de convivir durante años con una enfermedad mental. A través de recuerdos, preguntas, episodios familiares y reflexiones, la autora narra una historia atravesada por la incertidumbre y por respuestas que nunca llegaron.
El dolor atraviesa todo el libro, pero rara vez se expresa de forma directa. Bonnett no se detiene a describir sus emociones; expone hechos, reconstruye conversaciones y comparte sus percepciones sobre la enfermedad, los tratamientos y el sistema de salud.
La narración de Bonnett tiene algo de poético. No explica el dolor ni intenta imponer una forma de sentirlo. Por el contrario, construye escenas, recuerdos y situaciones que permiten al lector encontrar su propio significado. Son los hechos los que conmueven, no las explicaciones sobre ellos.
Quizá por eso Lo que no tiene nombre puede vivirse de maneras muy diferentes. Para algunos será la historia de una madre que pierde a su hijo. Para otros, el reflejo de una persona que convive con una enfermedad mental o de una familia que observa con impotencia el sufrimiento de alguien a quien ama. Cada lector puede reconocer algo distinto entre sus páginas y construir su propia interpretación de los hechos.
Esa capacidad de resonar con experiencias tan diversas también hace que sea un libro difícil para muchos. Hay quienes encontrarán en él una compañía para su propio dolor y quienes lo leerán con lágrimas constantes. Otros reconocerán situaciones, preguntas o emociones que forman parte de su propia historia. En todos los casos, Bonnett logra que la experiencia narrada trascienda lo individual y dialogue con la vida de quien la lee.
El tema de la salud mental
Para mí, el tema principal del libro no es la muerte de Daniel, sino la salud mental. Aquello que, en ocasiones, tampoco puede nombrarse con precisión. Intentar clasificar una enfermedad para la que no existe una prueba diagnóstica definitiva, comprender síntomas que cambian con el tiempo o encontrar respuestas para preguntas que aún no tienen una explicación clara.
A lo largo del relato, Bonnett describe la búsqueda constante de ayuda, diagnósticos y tratamientos. Sin embargo, también muestra la incertidumbre que acompaña a muchas enfermedades mentales graves. Una incertidumbre que no solo afecta a quienes las padecen y a sus familias, sino también a los profesionales de la salud, quienes con frecuencia deben tomar decisiones con información incompleta y herramientas limitadas.
Quizá por eso algunas de las preguntas que atraviesan el libro permanecen abiertas. No porque nadie quisiera responderlas, sino porque, en muchos casos, la medicina todavía no tiene respuestas definitivas.
Esta fue una de las reflexiones que más me acompañó durante la lectura. A medida que avanzaba en el relato, percibí la frustración de una madre que buscaba explicaciones para el sufrimiento de su hijo y que con frecuencia las encontraba insuficientes. Sin embargo, también me pregunté si algunas de las respuestas que buscaba simplemente no existían.
Las enfermedades mentales plantean desafíos que aún hoy siguen siendo difíciles de comprender. Los diagnósticos pueden cambiar con el tiempo, los tratamientos no siempre producen los resultados esperados y muchas decisiones deben tomarse en medio de la incertidumbre. Por eso, más que una historia sobre respuestas, encontré un libro atravesado por preguntas que permanecen abiertas.
La historia que yo leí
Este libro no tuvo en mí el impacto emocional que he escuchado y leído en otros lectores. A veces pienso que puede deberse a haber estado expuesta, de una u otra forma, a la muerte, a la enfermedad mental, a las enfermedades crónicas, a la incertidumbre de las decisiones difíciles y a la experiencia de convivir con preguntas que no siempre tienen respuesta. O tal vez simplemente sea porque no tengo hijos y hay dimensiones de esta historia que no puedo comprender de la misma manera.
Este es el segundo libro que leo de Piedad Bonnett y vuelvo a encontrar una escritura sobria, precisa y profundamente humana. Confía en la fuerza de los hechos para que el lector complete lo que falta. No explica cada emoción ni dirige la interpretación de quien lee; presenta una historia y permite que cada persona encuentre en ella sus propias preguntas, recuerdos y significados.
Tras conversar sobre el libro con otros lectores, me llamó la atención que muchas de las discusiones giraran en torno a los errores de los médicos o las deficiencias del sistema de salud. Son preguntas válidas, especialmente cuando se observa una historia marcada por el sufrimiento. Sin embargo, mi lectura fue diferente. Más que encontrar responsables, encontré el retrato de una enfermedad compleja y de una búsqueda desesperada de respuestas frente a algo que quizá nunca pueda comprenderse por completo.
¿A quién recomendaría Lo que no tiene nombre?
Recomiendo Lo que no tiene nombre a quienes buscan libros que inviten a reflexionar más que a encontrar respuestas. Es una obra que puede ser leída desde perspectivas muy distintas: la maternidad, la enfermedad mental, el dolor, la familia o la incertidumbre. Como toda buena literatura, ofrece más preguntas que certezas y permite que cada lector encuentre una experiencia diferente entre sus páginas.
También es un libro que puede resultar profundamente doloroso para quienes atraviesan experiencias similares a las que narra. Para algunos será una compañía en medio del sufrimiento; para otros, una lectura que quizá llegue demasiado pronto. Como ocurre con ciertos libros, el momento en que se leen puede ser tan importante como la historia que cuentan.
Ficha técnica
- Título: Lo que no tiene nombre
- Autora: Piedad Bonnett
- Editorial: Alfaguara
- Año de publicación: 2013
- País: Colombia
- Género: Memoria autobiográfica / Literatura testimonial
- Número de páginas: 113
- Incluido en 2016 por Babelia (España) entre los 100 mejores libros de los últimos 25 años.

Acerca de la Autora
Es licenciada en Filosofía y Literatura. Tiene una maestría en Teoría del Arte y la Arquitectura. Ha publicado nueve libros de poemas, varias antologías y el volumen Poesía reunida (Lumen, 2016). Además, es autora de seis obras de teatro y de varias novelas, entre las que destaca Lo que no tiene nombre (2013). Ha ganado el Premio Nacional de Poesía otorgado por el Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura) en 1994; en 2011, el Premio Casa de América de Poesía Americana de Madrid; en 2012, en Aguascalientes (México), el Premio Víctor Sandoval; en 2014, el Premio José Lezama Lima de Casa de las Américas; y en 2016, el Premio Generación del 27 en Málaga, España.

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