¿Qué prefieres, el amanecer o el atardecer?
Mi respuesta es casi inmediata: me encanta el atardecer.
Hay muchas razones para que sea así. A lo largo del blog encontrarás varias entradas de viajes acompañadas por atardeceres… y hasta ahora solo un amanecer.
Los atardeceres me gustan porque llegan al final del día. Son una despedida breve, un momento en el que la luz comienza a retirarse y la noche empieza a aparecer. Es como una transición diaria entre dos opuestos: la luz y la oscuridad, unidos por una mezcla de colores que cambia según el lugar desde donde se mire, aunque muchas veces predomina el naranja.
El atardecer es un momento de silencio, de contemplación y de calma. No exige nada. No pide productividad. Es solo un instante en el que el día se detiene antes de desaparecer por completo. Para mí, esa pausa tiene algo profundamente reconfortante. Es como si durante esos minutos el mundo se volviera más lento y me permitiera respirar con tranquilidad. Me recuerda que los finales no siempre son tristes; también pueden ser necesarios. Cada atardecer marca el cierre de un ciclo y, al mismo tiempo, la posibilidad de que otro comience.
En esta entrada comparto dos atardeceres: uno en Santa Marta, Colombia, y otro en Ica, Perú. Ambos son distintos. El primero junto al mar, con el sol hundiéndose en el horizonte y dejando un brillo dorado sobre el agua. El segundo en un paisaje más árido, donde los colores del cielo se mezclan con la quietud del desierto. Son momentos diferentes, pero en ambos se repite la misma sensación: una paz breve, un instante en el que todo parece estar en su lugar. Tengo varios atardeceres más guardados, y estoy pensando en crear una página solo para reunirlos. Sería como una pequeña colección de momentos. Aún no la he terminado porque sigo escribiendo las entradas. Tardo un poco, pero no me preocupa. Las cosas que se hacen sin prisa suelen tener más sentido.
El amanecer también es hermoso, pero es diferente. Representa el comienzo de algo nuevo. A esa hora generalmente estoy preparándome para salir y empezar el día, todavía con algo de sueño y funcionando un poco en piloto automático, tratando de que no se me quede nada antes de salir. Si alcanzo a verlo, lo disfruto… aunque muchas veces prefiero dormir un poco más.
Quizás por eso me gustan más los atardeceres. No porque el amanecer sea menos bello, sino porque cada uno tiene su momento. El amanecer pertenece a la acción; el atardecer, a la contemplación. Y en esa contemplación encuentro algo que necesito: la pausa, la calma, la certeza de que el día terminó y que está bien dejarlo ir.


Nota curiosa: los colores intensos del atardecer se deben a la dispersión de la luz en la atmósfera, conocida como dispersión de Rayleigh. Si quieres saber más, la NASA lo explica aquí.
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